PLEGARIA EN EL ASEDIO, DAMIR OVCINA
Los seres humanos creamos relaciones sinérgicas entre nosotros. ¿Y los libros? ¿Acaso son capaces de generarlas? Antes de emprender la lectura de Plegaria en el asedio leía Esperanza: una tragedia de Shalom Auslander. Encontré una frase. Me removió. Decía algo así como que los yugoslavos bajo el mando de Tito habían olvidado el odio ancestral que durante siglos habían granjeado. Un odio étnico, religioso y cultural. Habían sido las abuelas yugoslavas las que lo habían rescatado para desembocar en lo que acabaría siendo la guerra de los Balcanes. ¿Hasta qué punto pudo afectarme el contexto descrito, que centrifugaba en mi cabeza, para aventurarme en la lectura de Plegaria en el asedio?
Cuando empiezo su lectura, el barrio en el que vivo se afectado por una cumbre de la ONU. Son apenas unos días. Sin embargo, el mero hecho de cambio de idiosincrasia afecta a los vecinos. El barrio se llena de agentes uniformados. La circulación de vehículos y de individuos se ve afectada. Algunos comercios cierran. El ambiente es diferente. No hay guerra. No hay disparos. No se producen detonaciones. Solo tenemos un exceso de mandamases uniformados, escoltas y guardias. Y, aun así, nuestro mundo cotidiano ha cambiado en su apariencia. ¿Qué no pasaría por la cabeza de los habitantes de Sarajevo cuando despertaron en el contexto de una guerra del peor de los odios, el que se genera entre hermanos?
Plegaria en el asedio es un libro extraordinario. Y lo es por muchos aspectos. Por el retrato que realiza del conflicto bélico, por el testimonio que supone… Pero, sobre todo, por la forma en que está escrito. Un uso extraordinario de frases breves, crudas y limpias.
El personaje principal y narrador es un joven bosnio que es capturado en el interior de las líneas serbias de Sarajevo. Es forzado a participar en una brigada de trabajo que depende de los agentes de protección civil que se mueven por la ciudad. Eufemismo. Su cometido no será otro que abrir zanjas para trincheras y enterrar cadáveres de otros bosnios que no han tenido su fortuna. La aniquilación anda cerca para los que son como él.
Plegaria en el asedio representa un mundo caracterizado por la dualidad. Bosnios y serbios. Día y noche. Calle y casa. Odio y el amor que encuentra en una mujer serbia que lo ampara cada noche. Ellos y nosotros.
Haciendo uso de su cometido de enterrador el personaje principal se convierte en último testimonio del lugar en el que descansan los cadáveres de tantos desaparecidos. Toma nota. Habrá un futuro en el que los familiares los busquen. Su cometido no es ser testigo de la barbarie, sino de ejercer de antídoto al olvido. Es inevitable la proximidad en esta deriva con El abismo del olvido, la extraordinaria novela gráfica de Paco Peña y Rodrigo Terrasa.
Cuando se desencadena el conflicto la barbarie que somos se apodera de nosotros. Manuel Chaves Nogales lo relata de forma certera en A sangre y fuego. El mundo se vuelve salvaje. Los valores que rigen nuestra realidad pierden intensidad. A pequeña escala el poder es tomado por hombres que se dejan guiar por las pulsiones más repulsivas. Las violaciones, los robos, los ajustes de cuentas. Una crueldad que se extiende hasta castigar a los del propio bando que en el periodo de paz han contraído matrimonios mixtos. Con ello han acarreado la impureza a la sangre. Una deriva en la crueldad que recuerda a las leyes de Nuremberg de estado nazi. Se llamaron Rassenschande, deshonra de la raza. La guerra solo es el teatro en el que los hombres se dejan arrastrar.
En este contexto alcanza una importancia definitiva y sanadora la relación entre el joven bosnio y la mujer serbia. Lo protege, lo alimenta, se enamoran en la destrucción. Cada noche las tinieblas del mundo se dispersan y en su lugar aparece la intimidad de un hogar.
La guerra de los Balcanes fue el primer conflicto bélico en suelo europeo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ahí radica su impacto. Una generación de escritores se vio envuelta en una guerra, dando testimonio en su obra. Destacaremos a Dubravka Ugresic que profundizó en la confrontación de realidades del exilio en obras como Ficcionario americano o El ministerio del dolor y Dario Dzamonja y el pesimismo de Cartas desde el manicomio.
No solo la literatura se hizo hueco del paso atrás para la civilización que supone el conflicto armado y el genocidio. Cintas como Las flores de Harrison, Quo vadis, Aida o La vida secreta de las palabras. La visión de todas ellas es de pesimismo: no hay héroes, solo víctimas.
En 2010 se estrenó el documental El peso de las cadenas que aplicaba una mirada crítica al papel de los EEUU, la OTAN y la UE en el desembocamiento del conflicto.
Plegaria en el asedio es una obra extraordinaria y es lo que hemos tratado de constatar hasta ahora. Su único punto flaco es su pretensión de alcanzar estatus de testimonio de realidad. En la guerra los días son demasiado semejantes los unos a los otros. Las páginas que lo recogen a veces se vuelven en exceso repetitivas. Quizá en ese aspecto guarde consonancias con La península de las casas vacías. Una obra también abrumadora en su volumen y que se afana en recoger todo el conflicto bélico. En algunos momentos he experimentado la sensación de que sobraban páginas que repetían situaciones. En cualquier caso, no afectan a su visión global.


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