EL FINO ARTE DE CREAR MONSTRUOS, SILVANA VOGT
“Si llevas tu infancia contigo, nunca envejecerás”
Tom Stoppard
Pocos ritos de paso cobran la trascendencia social y universal que tiene el transcurso de la infancia a la madurez. Cada cultura adorna con sus preceptos el acogimiento de los que fueron niños. En la cultura hebrea se celebra el Bar y Bat Mitzva, en Brasil los chicos de la tribu indígena de Sateré-Mawe el rito a los 13 consiste en la búsqueda de hormigas en la selva para enfrentarse a su picadura y soportar el dolor. Los amish realizan este rito a los 16 años en el que pueden probar las corrupciones más allá de los márgenes estrictos de su sociedad.
Silvana Vogt en El fino arte de crear monstruos (por cierto, maravilloso título) construye una historia atomizada en relatos más o menos inconexos con la visión de una niña que está a punto de dejar de serlo.
En literatura la visión infantil, su inocencia, es un filón ineludible. Una suerte de reducción a lo absurdo que nos ayuda a los adultos a valorar y comprender hechos que damos por supuestos. La visión del niño preso en Auswitch, de John Boyne, en el fenómeno literario de hace unos años, El niño del pijama a rayas. La visión del enfermo de Asperger de El curioso incidente del perro a medianoche de Mark Haddon o La visión del disminuido mental de Flores para Algernon de Daniel Keyes.
Los diferentes acontecimientos catastróficos que narra Silvana Vogt a través de un lenguaje pulcro, pero también lírico, se centran en un lugar, Morteros. A pesar de encontrarse en polos opuestos en lo referente al estilo, no he podido más que recordar el extraordinario Knockemstiff de mi admirado Donald Ray Pollock.
A veces un lugar puede ser un objeto literario. No olvidemos la Comala de Juan Rulfo o el Macondo de Gabriel García Márquez, lugares con entidad literaria por sí mismos. En ambas la presencia de lo fantástico, como en El fino arte de crear monstruos cobra su propio protagonismo. Quizá sean los más populares de las últimas décadas de la literatura, pero no son los únicos: la Santa María de Onetti o el Condado de Yoknapatawpha de Faulkner son concebidos como lugares de entidad propia. La diferencia estriba en que Monteros además de ser de ahora en adelante un locus literario, existe. La propia Silvana Vogt nació en Monteros.
En definitiva, he de reconocer haberme visto atrapado por la visión nostálgica del pasado que Silvana Vogt erige sobre esa niña que un día marchó de un lugar que quedó para siempre en su memoria. Leanlo.


Comentarios
Publicar un comentario