ESPERANZA: UNA TRAGEDIA, SHALOM AUSLANDER

 

Mi rictus habitualmente es serio. Me hace parecer más serio de lo que soy. Ante un espectáculo de humor correspondo con una sonrisa cuando a mi alrededor el resto de asistentes rompe a carcajadas. El humor, como las procesiones a veces, tienen lugar a través del interior. Quizá por ello me he sentido tan extraño con este libro. Como en mí es habitual he leído en los autobuses, en las cafeterías y en las taquillas de cine mientras esperaba. Y en todos estos lugares he reído a carcajadas. Me ha hecho sentir parte de la mayoría.

Shalom Auslander fue criado en una comunidad ortodoxa de judíos norteamericanos. Salió de ella. Sin embargo, en sus textos se reproducen los principios básicos de los que escapó. La culpabilidad, el régimen estricto de cumplimiento de normas, la pérdida de decisión del individuo.

Esperanza: una tragedia es quizá la obra más conseguida de todas los publicados hasta por el momento en España. Solomon Kugel, su personaje principal, sufre por su mera existencia. Y, por si fuera poco, ha quebrado las normas más racionales al haberse casado y traído un hijo a este mundo sufriente. Aun así, sobrevive a la vida como puede. Con una hipoteca por la que necesita arrendar habitaciones y con su madre (en Auslander la figura de la madre autoritaria es recurrente) enferma viviendo con ellos. Este débil equilibro de fuerzas se rompe en el momento en el que descubre que alguien vive en su desván: Ana Frank.

Una historia que roza el absurdo, que es heredera del humor de Woody Allen. Como sucede con las obras de humor, la parte divertida puede solapar su valor más hondo. Apartemos las ramas. Contiene el engranaje idóneo para reflexionar sobre la culpa y el monopolio judío del dolor. Una obra tan inteligente que puede someter a todas las creencias, laicas y religiosas.

Hacer humor con el telón de fondo de un hecho de la atrocidad del holocausto es, por un lado, un acto de una sensibilidad humorística considerable, pero al mismo tiempo, necesario. Como lo es avanzar. No permanecer en el dolor. Jonathan Safran Foer lo consigue con creces en Todo está iluminado. Pone en liza su propia historia. La de sus abuelos y la mujer que los salvó. Sin embargo, lo hace a través del humor.

Dubravka Ugresic en el Ministerio del dolor narra la experiencia de una profesora exiliada a causa de la guerra de los Balcanes. Imparte clases a otros balcánicos: serbios, croatas, bosnios. Tienen en común un pasado, un idioma, una cultura. Todos buscan un antídoto contra el desarraigo que produce el exilio, la destrucción del ideario común en el que vivían. No tardan en comprender que el dolor común es el único vínculo que los une.

https://www.youtube.com/watch?v=NeQM1c-XCDc&list=RDNeQM1c-XCDc&start_radio=1&pp=ygUVZGV1dHNjaGxhbmQgcmFtbXN0ZWluoAcB. Uno de los mejores videoclips que he visto en los últimos años. Refleja diversos periodos del pasado de Alemania en los que predomina la barbarie en sus diferentes modos. En una escena se asiste al ahorcamiento de una serie de presos en un campo de concentración nazi. Cada uno lleva una insignia diferente. Los presos eran marcados de este modo en función a una clasificación ideada a partir de 1937-38. Dos triángulos de color amarillo formaban la estrella de seis puntas para los presos judíos, como todos sobradamente conocemos. ¿Por qué entonces la mayoría de nosotros desconocemos el significado del triángulo invertido de color verde, rojo, negro, rosas, morado o, en algunos casos, marrón?

El holocausto es la temática común de un considerable número de películas. De todas ellas, quizá ninguna me haya conmovido de la manera de El pianista. Dirigida por Roman Polanski y con un extraordinario Adrien Brody para hacer el papel que lo encumbró, el del pianista polaco de origen judío Wladyslaw  Szpilman.

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