TARÁNTULA, EDUARDO HALFON

Como cada febrero, regreso a Halfon. Tiene algo de bucle el ritual. Misma época, más o menos similar temperatura y misma obra de autor que acostumbra a dar vueltas a la misma idea, como si realmente no escribiese diferentes libros, sino que toda su bibliografía, marcada por el estigma de la autoficción, fuese la misma obra solo que fraccionada como los fascículos que llegaban (o siguen llegando a los quioscos). Pese a la similitud entre obras, pese a las continuas referencias al origen de su familia, al antisemitismo y a los rituales hebreos que no llega a comprender en su absoluta comprensión. es justo reconocer el mérito de Halfon. Cada obra es la misma y es diferente. Por este motivo y por su innegable inteligencia y fluidez narrativa no tenemos la sensación de leer el mismo texto. O si alguna vez asoma esta sensación, no tardamos en desecharla. Siempre hay algo nuevo. Un elemento que se incorpora al juego y a la narración (¿Acaso no son lo mismo?) dotándolo de entidad propia, por mucho que nos sintamos cómodos en los lugares comunes de la narrativa del autor. Más allá de la trama, el campamento para niños judíos al que sus padres llevaron en Guatemala al pequeño Halfon y a su hermano y las diferentes extensiones en que se desarrolla, quizá el mérito más reconocible de Tarántula es la explosión (controlada) de su narración. Halfon pone en juego diferentes líneas de argumento. Rompe las líneas temporales. Las líneas temáticas. Y lo hace con la precisión de relojero. Permite al lector el disfrute de varias historias entrelazadas e independientes al mismo tiempo con un sentido rotundo. Esta decisión narrativa evoca en cierta medida a otro de los grandes buques insignias de la autoficción. Carrere, por ejemplo, en De vidas ajenas se sirve de este recurso para contar varias historias como un malabarista que mantiene en el aire varias naranjas al mismo tiempo que sonríe. Cabe destacar la consideración de Halfon con su lector. Tarántula plantea cuestiones capaces de remover la creencia más aferrada. Sin embargo, lejos de brindar su propia respuesta, retira la mano antes de que comience a arder. Es responsabilidad del lector encontrar respuesta a la preguntas que plantea. He de reconocer mi predilección por Monasterio o El boxeador dentro de la ya extensa narrativa de Eduardo Halfon. Pese a ello, Tarántula despunta como una obra intensa y madura. Un perfecto título de para un Top 3 personal. Si bien el subgénero de la autoficción no es reciente, en las últimas décadas, con el impulso al yo que deviene de nuestra configuración individual como consecuencia del apogeo de las redes sociales, su músculo se ha desarrollado. A nivel internacional destacan las figuras del eterno aspirante al Nobel Karl Ove Knausgard, con su saga Mi lucha y la galardonada Annie Ernaux. En narrativa en castellano los ejemplos son innumerables. Algunos de los más populares son Javier Cercas y su Soldados de Salamina, Héctor Abad Faciolince con El olvido que seremos o Manuel Vilas con Ordesa. Cabe mencionar a Marcos Giralt Torrente con Tiempo de vida, Cristina Rivera Garza con El invencible verano de Liliana o Huaco retrato de Gabriela Wien.

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