CANCIÓN DULCE, LEILA SLIMANI

“Es el tipo de hombre que ella merece. Un estilo de persona que nadie quiere, pero que Louise acepta, como acepta la ropa usada, las revistas ya leídas a las que le faltan páginas e incluso los gofres ya mordidos que dejan los niños.” Leila Slimani formaba parte de esa hueste de autores de los que otros lectores hablan bien, pero que por una razón u otra no me había acercado a ella. Detrás de ella queda el sello de Cabaret Voltaire, garantía. Realmente el motivo es más prosaico. Existen demasiados libros y autores por los que siento interés. Una lista que crece de forma exponencial conforme leo. Esta lectura parcial nos impide conocer en profundidad la obra de un autor, pero al mismo tiempo bosqueja en nuestras mentes un sinfín de estilos y voces del que estoy seguro de que tiene su propia consecuencia. Canción dulce es una obra construida con minuciosidad. Promete una lectura hipnótica, de esas más propias de best seller en que se apodera del lector la necesidad de saber. Es el gusano que ha sembrado Slimani en el texto. A pesar de su más que correcto funcionamiento como thriller, su principal mérito es exponer una radiografía social extraordinaria. Canción dulce irrumpe con el asesinato de los niños de una familia. La narración se retrotrae al hecho causante del homicidio. Con el transcurso de las páginas un hecho del impacto de la muerte de unos niños deja de ser relevante. El análisis de cada uno de los miembros de la familia formada por el núcleo con la asistenta es sencillamente brillante. Canción dulce es una historia de nuestro tiempo, de miseria humana y frustraciones que se expanden sin control. Redactada con un estilo muy contemporáneo de frases breves, desafectas y de gran contundencia. A la hora de encontrar una obra con la que establecer paralelismos he tenido importantes dudas. Es difícil no pensar en la obra más familiar de Michelle Houellebecq. La radiografía familiar a la que castiga Slimani a la familia tiene reverberaciones de Las partículas elementales. Momentos de su mala leche. Pero creo que Canción dulce es más generacional. He pensado en los 400 golpes de Truffaut. En el castigo que supuso para la sociedad de la época el pulso a la estructura familiar del pequeño Antonie. Canción dulce, a pesar de su aparente dulzura, es una obra antisistema. Un concierto punk en pleno corazón de la literatura.

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