LA MALA COSTUMBRE, ALANA S. PORTERO

“Para mí, pequeña travesti de incógnito en un barrio obrero, que no tenía ni idea de quién demonios iba a terminar siendo, contemplar a Boy George en toda su alegre femenidad o a Prince en medias de rejilla era como ver luciérnagas en una cueva negra y húmeda”. Empiezo con un deseo: ojalá La mala costumbre se convierta en una obra generacional. La catarsis, pero también el sufrimiento que su autora ha experimentado en vida y que ha vomitado sobre el papel merece más que un elogio literario. También. Pero a veces los libros tienen a su alcance la capacidad de mover un poco el eje del mundo. Y este libro, sin lugar a dudas, merece este papel. Elogios literarios le corresponden. Alana S. Portero hace fácil lo difícil. Abre su alma como quien despliega las puertas de una casa o un armario. Un hecho que parece simple o cotidiano. Sin embargo, la vida no es fácil. Para casi nadie lo es. Menos aun para quienes pertenecen a una minoría socialmente excluida. Sin embargo, qué sensación deben afrontar aquellos individuos que tienen a su mano pertenecer a un mundo pero que sienten que son absorbidos por un agujero negro, que los empujar a hacia un lugar de soledad, de exclusión y de dolor. Aun así, a pesar de las miserias el tono de La mala costumbre no es doloroso. Es una obra que ha sido bautizada con una profunda ternura y que es mucho más que lo que parece ser. La mala costumbre es una obra que recoge un rito de paso. Su voz narradora, que sin expresarse abiertamente, se asigna con la autora, trasmite el paso de nacer como hombre a convertirse en lo que siente: una mujer. Lo que podría haber sido una obra con un par de peldaños hacia un abismo o el infierno, nos ahorra más de un mal trago. Hay prostitución. Hay sexo. Hay drogas. Hay marginación. Pero el tono que emplea Portero hace como el polvo de las hadas: vuelve hermoso lo que no lo es. Sobre otros aspectos La mala costumbre es una obra de orgullo de ser. Pero para alcanzar este estado es necesario derribar las fronteras impuestas y autoimpuestas. Y esto lo explica de maravilla Portero. Transmite la visión de horror que la propia autora sentía hacia las travestis de su infancia, incapaz como la propia sociedad ha sido, de apreciar su belleza oculta. Hasta aquí lo que sería la historia que todos pensamos encontrar cuando desplegamos las páginas de un libro de esta índole. La mala costumbre tiene más. Hay un discurso abiertamente proletario. Nada mitificado, por cierto. Portero acentúa los pros, pero saca la basura: violaciones, maltratos, prostituciones. Con una narrativa que a veces tiende a lo barroco pero que aun así es fluida, Portero nos habla del diferente, del otro. Esa categoría que todos tenemos en nuestro radar. Es dura la vida quien descubre quien verdaderamente forma parte de los otros. La otredad de género tiene una importante influencia en la literatura de las últimas décadas. Obras que en muchos casos desde la experiencia personal construyen su grito de auxilio y denuncia. Reinaldo Arenas, el poeta cubano vivió en sus carnes la marginación del otro. Su feminidad y sensibilidad quedaban tan alejadas de la narrativa imperante en la revolución cubana, la revolución de los barbudos. En Antes que anochezca transmite su experiencia. Un relato al que confluye Fabián y el caos, de Pedro Juan Gutiérrez sobre un homosexual afeminado y la exclusión que debió afrontar. La loca del frente es un personaje memorable de Tengo miedo torero. Una obra de amor e identidad en el contexto de la dictatura de Pinochet. Pedro Lemebel es un escritor superdotado en la narrativa. Así como sucede con las identidades sexuales no canónicas, con los barrios viene sucediendo un tanto así. El centro del mundo no lo representan los centros urbanos de las ciudades. En muchos casos se han despojado de su identidad, se han convertido en parques temáticos al servicio del turista. No en vano, parte de la literatura contemporánea recoge este grito de socorro de la población autóctona. Ensalza sus barrios. Martín Luna hace un canto de amor y desdicha a un barrio proletario como Pino Montano, del mismo que Portero lo hace de San Blas. Por último toca hablar de una película. Hedwig and the angry inch (John Cameron Mitchell, 2001) es una cinta extraña. La trama roza lo absurdo. No es lo relevante. El orgullo identitario que destila merece la pena. Su banda sonora, deliciosa. https://www.youtube.com/watch?v=ygh0oNe3aOg&list=RDJoQEWcZe3y0&index=2

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