EL PARACAIDISTA, ANA CAMPOY

Creo con firmeza en los hechos fundacionales. La tragedia y la polarización que supuso la guerra civil —y su posterior posguerra— marca nuestro devenir actual como presente colectivo. No es de extrañar por tanto la insistencia temática a la hora de que nuestros artistas recuperen la memoria familiar. El cine (se me viene a la cabeza la maravillosa El maestro que prometió el mar), la literatura y el teatro rezuman la pus de las heridas que aun hoy siguen abiertas, fruto de que como nación no hemos sabido cerrarlas adecuadamente. El olvido es precisamente olvido. Las heridas se han mantenido intactas a pesar del esmero con el que le hemos aplicado capas y capas de olvido. No en vano, el mercado editorial ha visto en los últimos cómo una serie de libros de esta temática han cobrado un protagonismo fruto de la situación descrita. La recuperación de la obra de Agustín Gómez Arcos, tan involucrada en el análisis de la memoria; Carcoma de Layla Martínez, una revisión del tema de casa encantada vinculada a la historia de la guerra civil y, cómo no, quizá la obra que con más acierto y sensibilidad se aproxima a la memoria colectivo de los damnificados: El abismo del olvido de Paco Roca y Rodrigo Terrasa. A este mercado editorial arriba El paracaidista sin la sensación de rezumar, de que todo está contado. Muy al contrario, mientras las heridas no cierren es la propia memoria colectiva la que permite que las obras de esta temática lleguen a la mesa de novedades de las librerías y que el lector las acoja con entusiasmo. La aproximación que un heredero del dolor hace no es comparable al sujeto que lo percibe de manera directa. Ana Campoy en la nota final de El paracaidista reconoce las influencias: “Desde niña he escuchado narrar las infancias de mis abuelos y el corte abrupto que supuso la guerra en sus vidas. La generación que estaba destinada a renovarlo todo mutó en una de personas traumatizadas. Silenciadas, en muchos casos. Cuando si, además, se nacía mujer, el silencio se volvía más espeso". Toda una declaración de intenciones. Como apuntábamos, en décadas anteriores se hizo necesario rescatar la memoria de los represaliados y el dolor en las familias. En este objetivo, la voz femenina quedaba a su vez callada. Víctimas por duplicado. Del conflicto y su expansión y posteriormente de las primeras manifestaciones. Es el momento de que las mujeres víctimas del conflicto den rienda a su dolor. Si no a través de su propio relato, que sean sus herederas las que cumplan la función de caja de resonancia. En este sentido Campoy se sirve de unos personajes femeninos rotundos, fuertes que cimentan la historia. No olvidemos el trabaja de recuperación y subsanación que mujeres han hecho de otras mujeres. Por ejemplo, Tea rooms de Luisa Carnés, sobre la recuperación de la memoria de la emancipación de la mujer obrera de principios de siglo XX o Lavinia, en la que Ursula K. Leguin aporta la visión de un personaje femenino de la Eneida que, a pesar de ser mencionado en diversas ocasiones, no llega al lector su voz en ningún parlamento. El paracaidista es una historia dinástica de odios y enfrentamientos. Un pueblo que vive años después del conflicto en una sociedad corrompida por los cambios sociales que la violencia generó. Con el miedo y el odio como motores. En una situación de esta índole solo es necesaria una cerilla para que la combustión afecte a todo el lugar. Ana Campoy, periodista cultural y autora de diversas obras juveniles, hace un tratamiento lírico, que a veces deambula por la línea del realismo mágico (de nuevo, merece ser recordada Carcoma de Layla Martínez) para contrarrestar la aspereza que de por sí caracteriza hechos que de esta índole debieron suceder en los pueblos en los que sociedad cambió a fuerza de regar el suelo con la sangre de los derrotados. Como erróneamente apuntaba Arturo Pérez-Reverte: El paracaidista no es una novela sobre la guerra civil que no vaya a interesar a nadie. Al contrario, es una obra que merece la pena ser leída y comprendida. Como apuntaba George Santayana: aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.

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