ANIQUILACIÓN, MICHEL HOUELLEBECQ
A estas alturas poco podemos apuntar sobre Michel Houellebecq que no se haya dicho: nihilista, pesimista, excelente observador social, incómodo, inteligente… Todos estos atributos se encuentran en Aniquilación. Supera sus propios límites. Construye una obra poliédrica. Tridimensional, más acertadamente. Una cañería por la que desahoga su visión pesimista. Alcanza la forma triple de la realidad. Como el padre, el hijo y el espíritu santo, solo que impregnado por su visión destructiva de la vida. Imposible haber elegido un título más adecuado.
Aniquilación, como hemos apunto, tiene una triple deriva. Social, política e individual. Cada una de estas visiones encuentra varias manifestaciones de decrepitud.
La obra irrumpe con una serie de atentados. Encontramos el Houellebecq de Sumisión. Centrado en el ser humano dentro de una estructura política. Quizá sea uno de sus puntos más frágiles. El grupo terrorista, su deriva nihilista y al mismo tiempo satanista. Houellebecq prefiere aislar la realidad, protegerla. No le interesa el grupo terrorista o sus posibles implicaciones, solo el daño propagado, la sensación de inseguridad, las consecuencias políticas y sociales.
Siguiendo esta estela política unas elecciones legislativas se convierten en el siguiente objeto de aniquilación. La putrefacción alcanza todas las cotas de la sociedad.
La familia, la vejez. Hay una meticulosidad en no dejar atrás un solo elemento por el que hacer sufrir al lector.
Y si hasta este punto la obra es dura, su último tramo es aun peor. La enfermedad y la muerte. No existe esperanza en la visión de Houellebecq.
No ha sido fácil enfrentarse a esta derrota de nuestra concepción occidental de la vida. He rastreado en mi biblioteca obras que supusieran un punto de decadencia tan absoluto. Pese a las obras en la que hay sufrimiento es difícil encontrar lecturas que estén a su altura.
La muerte, la enfermedad e incluso la agresión sexual se encuentran en Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan. Hay dureza, pero su acotación, su limitación a un individuo hacen más sostenibles su lectura.
He tenido que recurrir a todo un peso pesado de las letras asiáticas para encontrar una visión semejante en derrotismo. Osuma Dazai en El declive e Indigno de ser humano aniquila los márgenes de la sociedad de su época. Quizá para un lector alejado de su sociedad no valore su capacidad de destrucción, pero el alcoholismo, la drogadicción, el intento de suicidio o la ruptura respecto a sus padres son tabúes que cobran una dimensión más salvaje para un lector asiático que para lo que podría ser para un occidental.
Es imposible hablar de pesimismo sin hacer mención a Emil Cioran.
“Todos los seres son desdichados; pero, ¿cuántos lo saben?”


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